| HISTORIA
 |
|
Visita a La Fortaleza
de la primera Junta de Directores
del Instituto de Cultura Puertorriqueña con el
Gobernador Luis Muñoz Marín. De izquierda
a derecha: José Buitrago, Arturo Morales Carrión,
Enrique Laguerre, Teodoro Vidal, Eugenio Fernández
Méndez, Luis Muñoz Marín, Salvador
Tió, José Trias Monge. |
El 30 de junio de 1955 la Asamblea Legislativa
de Puerto Rico aprobó, por mayoría de votos, el
proyecto de ley en virtud del cual se creaba el Instituto de
Cultura Puertorriqueña, corporación pública
dedicada al estudio, conservación, divulgación
y enriquecimiento de nuestra cultura nacional. El proyecto,
preparado a iniciativa del gobernador Luis Muñoz Marín,
fue radicado en la Cámara de Representantes por su presidente,
el licenciado Ernesto Ramos Antonini. La exposición y
defensa de la medida estuvo a cargo del representante Jorge
Font Saldaña.
El establecimiento de este nuevo organismo
cultural se fundamentaba en poderosas razones de orden histórico
y sociológico. En Puerto Rico se requería contrapesar
décadas de ignorancia y de abandono respecto a la conservación
y promoción de nuestros valores culturales en todos los
órdenes de nuestra vida, incluso en el orden educativo;
se necesitaba contraponer un cultivo consciente de esos valores
a muchos lustros de influencias perjudiciales y a veces, incluso,
abiertamente contrarias a los mismos; se precisaba luchar contra
un condicionamiento psicológico, fuertemente arraigado
en nuestra sociedad colonial, que inducía a muchos puertorriqueños
a despreciar sistemáticamente todo lo que fuera o pareciera
ser autóctono, y a valorizar, fuera de toda proporción,
lo que fuera o pareciera ser exótico.
Dadas estas circunstancias, era natural que
la creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña
estuviera suscrita al principio a la tenaz oposición
de ciertos sectores de opinión. En la asamblea Legislativa
el proyecto provocó uno de los más interesantes
debates habidos en su seno, siendo finalmente aprobado con el
voto en contra de todos los representantes de los partidos de
minoría. Posteriormente le impartió su sanción
el Gobernador.
En la prensa del país halló
amplio eco la polémica suscitada por la nueva institución,
que, en palabras de algunos de sus opositores, reflejaba un
espíritu provinciano, chauvinista, estrechamente nacionalista.
Con la creación del Instituto argumentaban dichas personas
que se otorgaba excesiva importancia a nuestro insignificante
patrimonio cultural autóctono, en perjuicio del amplio
y rico legado de la civilización grecolatina, traída
a Puerto Rico, en su versión hispánica, por la
Madre Patria, y enriquecida posteriormente con las aportaciones
de la cultura norteamericana. Creóse así una artificial
confrontación entre puertorriqueñismo y occidentalismo,
llegando algunos de los representantes de la última tendencia
a negar la existencia de una cultura específicamente
puertorriqueña.
Otra fuerte oposición al establecimiento
del Instituto de Cultura provino del sector político
que desde el año 1898, fecha de la ocupación de
Puerto Rico por los Estados Unidos, venía promulgando
la norteamericanización cultural del País como
etapa preparatoria de su anexión, como estado, a la Unión
norteamericana.
Desde el principio, definimos la cultura nacional
como el producto de la integración que en el curso de
cuatro siglos y medio había tenido lugar en Puerto Rico,
entre las respectivas culturas de los indios taínos que
poblaban la Isla para la época del Descubrimiento, de
los españoles que la conquistaron y colonizaron, y de
los negros africanos que, ya desde las primeras décadas
del siglo XVI, comenzaron a incorporarse a nuestra población.
También dejamos claramente establecido
que el concepto de cultura nacional abarca desde las más
populares y sencillas expresiones folklóricas hasta sus
más depuradas y sofisticadas manifestaciones cultas.
Otros dos principios, esta vez de acción,
presidieron desde su origen la actividad del Instituto de Cultura:
el carácter general o nacional de su obra, que debería
abarcar toda la Isla, sin circunscribirse a la capital o a la
zona metropolitana; y su total autonomía respecto de
todo criterio o intervención político-partidista.
Ello, en razón de su naturaleza estrictamente cultural.
La labor del Instituto se ha visto recompensada
por sus resultados. Y el mejor resultado ha sido la acogida
que el pueblo, sin distinciones de ninguna especie, ha dado
a nuestras iniciativas; la manera en que ha colaborado con nuestras
actividades, la alegría con que ha reconocido lo que
es y lo que vale la cultura puertorriqueña. Esta actitud
de nuestro pueblo se revela en su asistencia a las exposiciones,
conferencias, conciertos, recitales, representaciones teatrales
y de ballet, sesiones de cine, documentales, ferias y otros
actos organizados por el Instituto; en su aprecio por nuestra
producción editorial, su apoyo a nuestro programa de
restauración de edificios históricos, su cooperación
con nuestro programa de conmemoraciones históricas. Se
refleja, además, en el estímulo que la obra del
Instituto ha significado para nuestros investigadores históricos,
nuestros literatos y músicos, escultores y grabadores,
actores y bailarines.
Toda nuestra labor, y la actividad desencadenada
por ella, ha contribuido decisivamente a consolidar un estado
de conciencia pública que antes no existía; ahora
ya a nadie le avergüenza hablar, antes le enorgullece hacerlo,
de la cultura puertorriqueña. De su no reconocimiento
-hablo en términos generales- se ha pasado a su "descubrimiento",
a su aprecio, a su goce y disfrute, no sólo con seguridad,
sino con orgullo. Por primera vez en nuestra historia, lo puertorriqueño
ha venido a ser sinónimo de excelencia. Esto se demuestra
en el énfasis con que por la radio y la televisión
se acentúa el carácter puertorriqueño de
nuestros productos industriales y comerciales.
La popularidad que hoy goza todo lo "puertorriqueño"
es conveniente y halagadora, pero puede resultar peligrosa,
si a través de la propaganda realizada por los medios
masivos de comunicación se llega a difundir la noción
errónea de que nuestra cultura consiste en comer almojábanas
y el lechón asado, en jugar gallos y bailar la plena;
y de que mantener estas manifestaciones de la culinaria y del
folklore nacional equivale a conservar la cultura puertorriqueña.
Hay un gran peligro de que se difunda este concepto equivocado,
pues en cualquier sociedad nacional pueden conservarse y sobrevivir
elementos como los mencionados, mientras se desnaturalizan o
perecen sus más altos valores.
Al hablar de la cultura que, como nación,
posee Puerto Rico, debemos tener presentes valores más
profundos y trascendentales.
A pesar de la herencia milenaria que nos viene
de los taínos, del África, y sobre todo, de la
España inmortal, la cultura puertorriqueña es
una cultura joven. Su vitalidad, sin embargo, es grande y se
manifiesta en todos los órdenes de la actividad creadora.
De ella dan fe las presentes realizaciones de nuestra literatura,
nuestro teatro, nuestra música, nuestras artes plásticas,
nuestro afanoso laboreo en la investigación histórica,
antropológica y folklórica.
Pero cultura es mucho más, todavía,
que todas estas cosas. De la misma manera que la cultura de
un pueblo no está constituida solamente por su riqueza
folklórica, tampoco lo está por sus realizaciones
intelectuales y artísticas. Cultura es, sobre todo, concepto
y manera de vida; es estado espiritual que define la fisonomía
de una gente, de una nacionalidad.
Son las virtudes intelectuales y morales las
que, en esencia, constituyen un pueblo. Puerto Rico está
constituido sobre algunas virtudes, de sólido fundamento
humano y cristiano, que distinguen a nuestro pueblo de los demás,
y que constituyen nuestra más auténtica aportación
a la cultura universal.
Entre estos valores que nos caracterizan como
pueblo se destacan nuestro profundo sentido humanitario, expresado
en el hábito nacional de la compasión por los
infortunados; la arraigada convicción en la igualdad
humana, manifestada en nuestro mestizaje y ejemplar convivencia
social; la constante tendencia a la justicia, de la que se derivan
nuestro amor a la democracia y a la libertad; la vocación
por la paz, que ha hecho del nuestro uno de los pueblos más
civilizados del mundo; nuestra devoción por la cultura,
de la que nace el secular afán puertorriqueño
por la escuela y la enseñanza; y, por último,
nuestra tradicional sencillez, que nos capacita para reconocer
y apreciar, espontáneamente, todo lo bueno, noble y grande
que tienen los demás pueblos.
Estas virtudes sociales que hemos mencionado,
constituyen, junto a muchas otras, el fundamento de nuestra
cultura nacional. Sobre este fundamento, y sólidamente
unido a él, por razón de lo que han aportado y
acumulado la geografía e historia común y el cruce
de razas, se levanta el andamiaje de nuestra lengua, costumbres
y tradiciones, nuestro arte y nuestro folklore.
Es esta constelación de valores lo
que constituye la cultura puertorriqueña. Existe en ella
una jerarquía determinada por la mayor o menor excelencia
de los mismos. Los de menor rango no deben suplantar a los de
más alta categoría, pero tampoco deben ser despreciados
o descuidados.
Una cultura nacional es la obra que la naturaleza,
el arte y la historia, trabajando simultánea y recíprocamente,
han creado a través de los siglos. No puede, por tanto,
improvisarse. Pero puede destruirse, si confiados en sus inmensas
energías vitales, olvidamos que necesita de amor, cuidado
y cultivo, y en muchos casos, de firme y decidida defensa.
La cultura puertorriqueña, hemos dicho,
reviste gran vitalidad y energía, y buenas demostraciones
ha dado de ello. Pero es también cierto que ha estado
y continúa expuesta a influencias, poderosas y tenaces,
que la han afectado en el pasado, la afectan en el presente,
y pueden deteriorarla, e incluso destruirla, en el futuro. Estas
influencias son, además de nocivas, innecesarias y superfluas.
No son las influencias naturales y espontáneas que, en
la vasta intercomunicación de los pueblos reportan y
difunden beneficios intelectuales, artísticos y sociales.
A estas influencias podemos y aún debemos abrirle nuestras
puertas sin temor, haciendo gala de la tradicional hospitalidad
puertorriqueña. Ellas constituyen el manjar exótico
que, consumido, habremos de asimilar y transformar en nuestro
propio modo de ser.
Por ser la cultura puertorriqueña un
bien que pertenece a todos los puertorriqueños, e incluso
a los no puertorriqueños que con nosotros conviven, constituye
un deber de todos los individuos e instituciones del País,
el defenderla, promoverla y, antes que nada, conocerla.
Quienes más y mejor conocen a su patria
la amarán más, y por lo tanto, le servirán
mejor.
Tomado de: Alegría, R. E. El Instituto
de Cultura Puertorriqueña 1955-1973: 18 años contribuyendo
a fortalecer nuestra conciencia nacional. San Juan, P.R.:
Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1978
regresar...
|
|
|