Bienal de San Juan del Grabado
Latinoamericano y del Caribe: crítica y postulación
conceptual frente al siglo XXI
Por: Mari Carmen Ramírez
Asesora de la XIV Bienal de San Juan
Directora del International Center for the Arts of the Americas
del Museo de Bellas Artes de Houston, Texas (EEUU).
Antecedentes
Es incuestionable que desde principios del siglo XX, las
bienales y/o trienales internacionales de arte han operado
a modo de instrumentos de divulgación y de legitimación
de las artes visuales dentro de perspectivas ya sea regionales,
continentales o bien globales. Una bienal es, ante todo, un
evento artístico de gran envergadura organizativa y
escala promocional cuya función principal puede resumirse
en un doble objetivo. Por un lado, tales bienales han tenido
como propósito básico motivar el intercambio
cultural y el diálogo objetivado entre artistas de
una región en su relación con el resto del mundo;
por el otro, también ha cumplido el cometido de aglutinar
intereses locales, económicos y políticos, en
torno al universo artístico, proyectándolos
a otra dimensión y dentro de renovados parámetros
en una arena más amplia que, en algunos casos, incluso
alcanza el "mainstream".
Desde la pionera y ya venerable Bienal de Venecia (Italia)
en Europa hasta su contrapartida en Latinoamérica,
la Bienal de Sao Paulo (Brasil), la instigante historia en
torno a dichos eventos de este siglo comprueba como éstos
no han sido capaces de oscilar más allá de los
polos de la balanza: instrumentos de diplomacia cultural y
herramientas de intercambio económico. En refuerzo
de este punto, además, habrá que ponderarse
el efecto provocado a raíz del fenómeno de la
llamada globalización -incentivado en gran medida en
la década de los 90- para entender el surgimiento de
bienales en localidades tan apartadas como Estambúl
(Turquía) o Kwang-Ju (Corea) y ajenas al eje eurocéntrico
como Dakar (Senegal) o Johannesburgo (Sudáfrica).
Habrá que reiterar, una vez más, que la fundación
de la Bienal de San Juan reflejó un auge vivido por
los medios gráficos en el período de expansión
y desarrollo de posguerra, que aflora por motivos de alcances
comunitarios, durante la década de los 50 hasta verse
fortalecido, particularmente en su función difusora,
en los 60. Por otra parte, además, no cabe duda que
el innegable crecimiento de la clase media nacional en este
período -así como el surgimiento de un mercado
artístico orientado hacia dicho estrato- propició
un vasto florecimiento del grabado en todas sus vertientes.
En el resto del continente, al igual que en las comunidades
latinas de los Estados Unidos, el punto culminante del grabado
encontró un aliciente adicional, tanto en la lucha
antiimperialista como en el apelo a la resistencia cultural.
Dentro de dicho contexto, y específicamente en el marco
de lo que se ha dado en llamar arte povera, la destacada crítica
Marta Traba hacía en la época una vehemente
exhortación a los artistas del continente para que
tuvieran consciencia en practicar, ya fuera el grabado o bien
el dibujo, como armas de resistencia adecuadas a la precariedad
real y objetiva de su entorno. Bajo esos determinantes, y
a lo largo de sus muy distintas vertientes, el grabado pasó
a ser el instrumento prioritario y vehículo para la
lucha de resistencia.
Sin embargo, estas circunstancias cambiaron drásticamente
a partir de la década de los 80 y en especial en los
90, transformando así el panorama convencional del
grabado. Este medio, del mismo modo que sus congéneres,
se vio confrontado por la renovada popularidad de artes tradicionales
como la pintura y la fotografía, amén del inusitado
interés despertado en ese momento por las instalaciones,
por la aparición del Internet y de la imagen digital.
La popularidad de todos estos nuevos medios y recursos sugiere
que desde hace ya más de una década, las artes
gráficas se encuentran en un inevadible proceso de
mutua asimilación y alteración ante un territorio
inédito que, con el pasar del tiempo, bien puede llegar
a redefinir sus límites. De la misma manera que el
perfeccionamiento en las aplicaciones sobre la piedra litográfica,
tanto el buril como el tamiz, permitieron avances en las técnicas
de impresión tradicionales, de manera semejante, la
computadora -sumada a las metatécnicas desarrolladas
por la fotografía, el vídeo y la imagen digital-
está posibilitando hoy día la apertura de horizontes
de expresión inusitados para estos medios. Ante esta
realidad que dejó de ser inminente para convertirse
en cotidiana, en vez de hablarse de artes gráficas,
lo más pertinente sería el referirnos tanto
a estrategias poligráficas como a estrategias hacia
la imagen múltiple.
Nuevos Territorios de Acción
Conjuntamente con la revaluación de las artes gráficas,
habría que considerar otro territorio de acción
para la Bienal de San Juan. No cabe duda que los procesos
globalizantes de los últimos quince años hicieron
mella en la propia definición identitaria de la región.
En la actualidad, resulta imposible considerar tanto a la
sociedad puertorriqueña como a sus contrapartidas latinoamericanas
como "entidades homogéneas" contenidas dentro
de sus propias fronteras nacionales, sujetas a estrictos lindes
regionales o comunitarios. Al contrario, estas sociedades
encarnan un conjunto discontinuo y, sobre todo, fragmentario
de razas en formación, grupos sociales en proceso y
movilidades migratorias. El problema de cómo negociar
esta heterogeneidad es, tal vez, el problema principal que
se confrontan instituciones culturales, políticas y
políticos de la cultura en el nuevo siglo. A este respecto
en los últimos años, los Estados Unidos han
descollado como nuevo escenario de acción para una
puesta en escena vital de la cultura latinoamericana. De acuerdo
con las cifras del último censo, la población
"latina" en este país sobrepasa ya el 37%
de la población. Lo que equivale a decir que uno de
cada tres norteamericanos pertenece a nuestro ámbito
cultural. Dentro de esta cifra, los puertorriqueños
cuentan con un porcentaje considerable. Divididos por la misma
lengua y separados por nuestra semejanza intolerable, la potencial
reconciliación entre nuestras comunidades se vuelve,
cada vez más, una necesidad urgente para la propia
supervivencia cultural. Más allá del debate
acerca de su tan postergado estatuto político -y muy
lejos de defender ningún tipo de asimilación
servil con el imperio que nos coloniza hace un siglo- Puerto
Rico no puede sustraerse a esta nueva realidad ni tampoco
claudicar a una posición relevante dentro del nuevo
panorama que la geopolítica internacional nos impone
al unísono.
Todo lo anterior implica un hecho que quizás, en el
ámbito específico de las anteriores bienales
en la Isla, no fuera perceptible pero que, hoy por hoy, se
ha convertido en asunto, no sólo de las bienales internacionales
sino del propio proceso artístico. Me refiero a la
necesidad, ésta sí insoslayable, de adoptar
un modelo identitario más relativo y menos absoluto
que esté siendo constantemente redefinido por márgenes
flexibles y otras formas porosas de intercambio real y simbólico.
Dicho modelo en mente da por sentado que ¨las identidades¨,
como tales, jamás pueden ser predeterminadas ya sea
por fronteras nacionales o bien por ámbitos comunitarios.
Son, muy por el contrario, lugares maleables al intercambio
constante de realidades plurales. Ante la obsolescencia de
la ingenua fijeza de rasgos, la fluidez en juego en este modelo
identitario no sólo nos permite un acceso más
franco hacia el diálogo interno que éste generaría,
tanto en Puerto Rico como en las comunidades latinas en Estados
Unidos, sino que es, también, aquél que mayor
viabilidad de éxito nos ofrece ante la perspectiva,
siempre obliterada, de integrarnos de una manera más
contundente con el resto del continente.
Un modelo factible
De acuerdo con lo señalado anteriormente, la rearticulación
de la Bienal de San Juan sólo podría tener éxito
a partir de un proceso, tanto de reflexión como de
análisis de los diferentes modelos circulantes, así
como de las posibilidades que éstos brindan. No obstante,
con el fin de promover un debate inicial, me atrevo a proponer
un posible modelo que reestructure, desde la base, el trillado
camino recorrido. El mismo vendría a resumir la idea
de una Bienal o Trienal -me inclino a creer que, para los
efectos organizativos de una empresa de tal envergadura, la
segunda idea es más realista- la cual sería
concebida en función de un laboratorio de la imagen
múltiple, orientándose a establecer de manera
incisiva y prioritaria un puente crítico de cultura
y cotejo entre Puerto Rico, América Latina y las comunidades
latinas de los Estados Unidos.
Orientado, pues, hacia el concepto amplio de las Américas,
este tipo de evento de carácter experimental involucraría
un campo de acción inédito. Cabría enfatizar
aquí, que hasta la fecha no ha existido ni existe otra
iniciativa de este tipo en el ámbito continental. Una
que pese a las complejidades en juego -o por ello mismo consciente
de la importancia histórica que este desafío
conlleva- se sumerja críticamente en el desarrollo
incesante de los nuevos medios y procesos de reproducción
gráfica en un diálogo de igual a igual entre
los Estados Unidos y el resto del continente.
Metas del Evento